


Día de ir al supermercado, ya no hay nada que comer y ni para compartir. Me voy con Sem, vamos platicando del frío que cala la cabeza, que hay que comprar un gorro o alguna sudadera con capucha... Me separo de él, llego a la tienda de autoservicio, que en nada se compara con las de México. Como aquellas cadenas tan grandes que uno puede pasar horas y horas épicas dentro de estos supermercados.
Al entrar está un perro de raza labrador que espera paciente a su dueño, las abuelas van llegando lentamente. Dejo mi carrito amarillo, de puro cariño le llamo perrito, en la zona de aparcar los carritos, no lo encadeno pues no tengo un euro para amarrarlo. Y hasta ahora nadie lo ha robado. Una abuela con paso lento se interpone en mi camino, mi educación tradicional- católica-mexicana me dice que la debo dejar pasar primero, quien ni se quiere dar cuenta del acto, para ella es natural, se sabe vieja y beneficios. Y yo con mi educación tradicional-católica-mexicana camino pacientemente detrás de ella. Y luego sale otra anciana y se empareja junto a mi otra. Espero para tomar un carrito-canasta.
Este no va, no sirve. Las llantas estas averiadas. Tomo otro. Levanto la vista y está frente a mis ojos el imperio de los productos económicos. Lo primero que lanzo a la canasta son dos empaques de litro y medio de té: uno de lima y el otro de durazno (mi favorito). Comienzo a sumar en el celular/móvil, como lo hacía con Ángel. Los dos empaques da un igual a 1.2 de euro. Entro en frenesí, mientras reviso mi lista y pongo pan tostado minitoy, pienso que no anoté la pasta y que debo llevar, que por cierto medio kilo de espiral tricolor de vegetales suma .77 céntimos de euro. De una vez tomar spaguetti de a 55 céntimos el kilo.
Mientras camino por la fría tienda buscando el jamón (6 rebanadas de pavo por 1.99), queso (1/4, 1.99), me doy cuenta que no hay musiquita de aquella que te hace sentir en una fábula o en un cuento de hadas. Aquí no. Esta tienda no da la sensación de que tu compra será un éxito, no tengo la sensación de ser una mujer liberada, cool, actualizada que hace las compras del súper. Todo porque el único sonido que se escucha es el de la gente que camina, que arrastra los pies como los ancianos, de los carritos-canasta que son jalados a la fuerza con un peso de mas de 50 euros. Al final creo que me he excedido de los 10 euros semanales, otros 5 son para verduras y frutas.
Asustada dejo caer la última compra que haré en el carrito: los anacardos/nuez de la india (viene muy bien para la ensalada, eso lo aprendí de mi compañero Nico, además de la idea que me inventé, según yo hacen bien al cabello... totalmente inventado). La cuenta que marca el móvil/celular se ha excedido. Es hora de pasar a la caja a pagar. La cola infinita. No somos tanta gente, en la fila hay 12 personas esperando, una anciana vocifera por todos lados cuál es su lugar. La gente trata de ser paciente aunque la anciana sea incómoda para algunos. No entiendo por qué cuando hay más gente siempre hay una sola caja para pagar. Me acuerdo mucho de mi compadrito que desespera por estas acciones absurdas.
A fin de cuentas alguien se da cuenta, seguramente un "superior", que hace falta abrir una caja de cobro más para que la gente no comience a enfurecer. Cuando la gente comienza a cambiar "ordenadamente" de caja, una mujer astuta se mete sin necesidad de hacer cola. Algunos la miran muy mal porque además es torpe, toma un paquete de agua embotellada y deja caer otras, no le importa, seguro hay trabajadores que lo recogerán, para eso les pagan, dice entre dientes.
En efecto, dos chicas latinas atendiendo en las cajas. La que ya estaba cobrando tiene un semblante cansado, un poco frustrado, se nota que sus acciones mecánicas, pasar uno a uno los productos por las lineas ópticas, le mantienen en este espacio denso y pesado, pero su mente, al igual que su mirada ya no está aquí, estará en algún otro lugar, con algún hombre, resolviendo algún problema o quizá abrazando a un niño, aunque probablemente ninguna de las ideas de novela barata anteriores.
Ella ausente, ha pasado un galón de agua más, una mujer catalana de edad adulta comienza a insultarla, a tratarla como retrasada mental, como si fuera el fin del mundo, yo me alarmo y volteo a verla, seguro es algo muy grave a juzgar por su tono tan indeseable. No, nada de esto. Es solo que no deja de gritar por una botella de agua que le marcó al otro cliente que no presenta queja alguna, entonces donde esta el problema me pregunto. La cajera le dice ya, ya, ahora te lo pongo en tu cuenta, la mujer no para de hacer molestas exclamaciones. El gran valor de una botella de agua. La cajera regresa por un momento al espacio Lidl, solo para suspirar y fugarse mentalmente mientras dice son 44 con 83 céntimos.
Me interrumpe otra mujer que se ha metido dos turnos antes que yo. disculpar yo iba aquí en la fila. Mujeres maduras catalanas, que misterio. No puedo evitar esbozar una sonrisa por el pan que se va embarrando en la pared, hemos perdido al menos un noveno de pan. Ella ni cuenta se dio, y entabla otra pelea con la cajera, la otra cajera latina. Es mi turno y yo me pongo nerviosa porque siempre pasan las cosas tan rápido que la concentración entre pagar y meter las cosas al perrito no me da. Aviento todo en el perrito, luego me hago de lado para acomodar todo.
Me gusta pero me asusta. Ser cajera deber ser un trabajo muy difícil porque la gente suele ser muy mal educada. Sobretodo aquella que cree reconocer un derecho en todas sus acciones.