10.04.2011

APOCALIPSIS


La noche estaba llegando a su término. Toda la gente en San Manuel se había reunido con el fin común de levantar unas pequeñas casas improvisadas con telas de sábanas en los jardines, característicos de la colonia “Jardines de San Manuel”. Todas las mujeres grandes veían por sus hijos, nosotros, entráramos debajo de estas casitas improvisadas, ahí pasaríamos la noche colectivamente y sería menos angustioso. En su propia casa nadie estaba seguro.

El aire estaba cargado de todo tipo de sensaciones humanas: mujeres tristes por saber que se acercaba el fin, hombres con un sentimiento de impotencia por no poder cuidar a su familia, miedo generalizado pero, y sobretodo, nostalgia por lo que ya terminaría. Era nuestro inminente fin.

Pasamos la noche debajo de las casitas hasta que comenzó a clarear. Salimos a buscar al espíritu de mi abuelo que andaba perdido, deambulando por ahí. Mi padre preocupado nos tendría que llevar a algún lugar para poder revestirnos de ropajes nuevos y estar listos para morir. Y con esto llevarnos al abuelo.

No tengo muy claro quién o qué exactamente es aquello que nos amenaza. Solo siento la inminencia de la muerte sobre todo mi ser. Solo alcanzo a ver que las calles están devastadas, que no es un virus aunque ya muchos están actuando como zombis. No es ninguna enfermedad que no se encontrara ya en el humano, pero me queda claro que tiene que ver con la poca humildad, con el deseo de posesión y con el egoísmo.

Vamos cautelosos por aquella que era una rotonda, ahí hay una tienda donde quizá podamos revestirnos. Por alguna razón, las que importan más que hagamos este acto somos mi hermana Verónica y yo. Tengo entre las manos una pequeña cajita con “tesoros” chucherías de oro y plata que mis padres y seres queridos me han regalado, no valen mucho pero yo estoy empeñada en llevarlos conmigo. Los llevo en la bolsa en la que mi hermana porta los vestidos nuevos para revestirnos.

Entramos en esta tienda, no queda prácticamente nada. Los cristales rotos de las vitrinas recuerdan que la noche fue violenta, que hubo un saqueó desmesurado.  Mi madre nos lleva en hombros. Verónica encima de ella, y yo sobre los hombros de mi hermana. Mi padre y mi hermana mayor, Sandra, están buscando por todos lados el lugar para darnos el baño. Al entrar yo tengo que doblar el cuerpo para esquivar los bordes filosos de cristales. La escena es aún más decadente, hay algunos personajes que están aun esperando algo frente a un ordenador. Parecen zombis, pero insisto en que no hay infección, aún tienen un dejo de voluntad frente al monitor. Están esperando alguna señal que les sea revelada por la pantalla. Esperan agotados pero ansiosos.

Seguimos buscando los baños, no hay manera, todo esta calcinado, todo está destruido, es un paisaje que me gusta pero me siento culpable. Es totalmente decadente: paredes que revelan algo de color y vida que en otro momento tuvieron los tapices, negreadas por el humo y el fuego, no queda nada en la habitación mas que desolación y oscuridad. Da miedo entrar, pero a estas alturas, ante el fin del mundo ya nada puede dar mas miedo, ni la certeza de que moriremos en pocas horas.

-       Aquí no hay nada, no hay agua y por tanto nadie puede bañarse. Se lo han cargado todo- afirma mi padre- así que vámonos.

Salimos de ahí, yo aún trepada en los hombros de mi hermana y ella en los de mi madre. Vigilo al salir de no dañarme con los borde filosos de lo que alguna vez fue una puerta.  Al bajarme de los hombros de mi hermana se me cae la cajita con todos los pequeños tesoros que vuelan por todo el lugar. Quiero llorar, ya no importa levantarlos, ¿para qué? Veo los aretes de oro que mi padre me regaló que nunca usé, el collar de plata con el guardapelo que aún conserva la foto por un lado de Ángel y de otro lado la  mía, la pulsera que Cora me dio con la figura en plata de un personaje, veo las notas que me ha escrito Marc, todo esparcido por el suelo… nada de esto vale, ya nada sirve, ya no le encuentro sentido esforzarme en un tiempo record por levantarlo. Ahora debemos ganar tiempo para el baño de revestimiento.  Con tristeza me levanto, tomo un arete y lo dejo caer dentro de la bolsa de los vestidos.

Seguimos buscando dónde poder ducharnos. Llegamos donde hay un grupo de gente que se prepara. El escenario es terrible y desolador, más de tres cuartos de la población está muerta. Los cadáveres ya no impactan, a pesar de que están tirados por todos lados. Todos estamos condenados. Se hacen invisibles, esos cuerpos ya no importan. No recuerdo qué les mató. No fue un virus. Fue algo mayor, fue una fuerza mayor.

En este lugar hay varias personas revistiéndose, alistándose para morir. Aquí sí podemos ya ducharnos. Me saca una sonrisa pensar que usaré el vestido blanco de bolitas negras que compramos en Londres. Recuerdo ese día, parece una época dorada. Fui con Marc a Camden, él me animó a comprar ese vestido, yo le dije que parecía niña que haría la primera comunión. Él se rió muchísimo. Nunca usé ese vestido porque el verano nunca se fue de Barcelona. Ahora con un sentimiento de nostalgia y tristeza lo usaré para morir.

Estamos con el tiempo justo. Nadie sabe cómo será el fin del mundo, pero sabemos que esta llegando, falta poco tiempo. Mi hermana mayor se ha quedado con un amigo que encontró por el camino, él nos dijo de este lugar para ducharnos y revestirnos. Ella decidió quedarse con él. Nos echó una mirada que decía – me quedo con él, me va a necesitar… Y a la vez fue una mirada de despedida. Quizá no la veamos más.

Al escuchar a la gente hablar sobre lo que sucedió no doy crédito. Los humanos comenzaron a matarse entre unos y otros. No fue un virus, no fue una guerra entre buenos y malos, solo fue que llegaron al límite de su ceguera, de su ambición, de sus miedos. La calle es un desastre, pareciera que animales salvajes… enormes animales salvajes hubieran matado a los humanos, sangre por todo el pavimento, por las paredes, carne despedazada por rincones y esquinas… esto parecía una fuerza superior… quienes vieron saben que fueron los humanos, esas hordas enfurecidas que se mataron entre ellos.

Estoy lista para morir, siempre supe que así sería. La ducha y alistarme para morir con tal dignidad me hace sentir un poco de desahogo. Me siento abochornada, como una virgen que será ofrecida, como cuando mis antepasados guerreros mexicanos se ofrendaban en muerte para agradar a los dioses y hacer algo por todos los demás. Comienza a suceder, las estrellas caen del cielo, parece que estuviera nevando, pero son como pequeños fragmentos de fuego que caen, es tan hermoso, como en mis sueños desde que era niña, me parece tan familiar que ya no siento miedo. Estoy lista, el vestido blanco en verdad parece de primera comunión, supongo que se verá lindo, veo a mis padres por última vez, a mi hermana, ya no hay tiempo para un abrazo, ni para un beso, simplemente sucede…

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