La noche estaba llegando a su término.
Toda la gente en San Manuel se había reunido con el fin común de levantar unas
pequeñas casas improvisadas con telas de sábanas en los jardines,
característicos de la colonia “Jardines de San Manuel”. Todas las mujeres
grandes veían por sus hijos, nosotros, entráramos debajo de estas casitas
improvisadas, ahí pasaríamos la noche colectivamente y sería menos angustioso.
En su propia casa nadie estaba seguro.
El aire estaba cargado de todo tipo de
sensaciones humanas: mujeres tristes por saber que se acercaba el fin, hombres
con un sentimiento de impotencia por no poder cuidar a su familia, miedo
generalizado pero, y sobretodo, nostalgia por lo que ya terminaría. Era nuestro
inminente fin.
Pasamos la noche debajo de las casitas
hasta que comenzó a clarear. Salimos a buscar al espíritu de mi abuelo que
andaba perdido, deambulando por ahí. Mi padre preocupado nos tendría que llevar
a algún lugar para poder revestirnos de ropajes nuevos y estar listos para
morir. Y con esto llevarnos al abuelo.
No tengo muy claro quién o qué
exactamente es aquello que nos amenaza. Solo siento la inminencia de la muerte
sobre todo mi ser. Solo alcanzo a ver que las calles están devastadas, que no
es un virus aunque ya muchos están actuando como zombis. No es ninguna
enfermedad que no se encontrara ya en el humano, pero me queda claro que tiene
que ver con la poca humildad, con el deseo de posesión y con el egoísmo.
Vamos cautelosos por aquella que era una
rotonda, ahí hay una tienda donde quizá podamos revestirnos. Por alguna razón,
las que importan más que hagamos este acto somos mi hermana Verónica y yo.
Tengo entre las manos una pequeña cajita con “tesoros” chucherías de oro y
plata que mis padres y seres queridos me han regalado, no valen mucho pero yo
estoy empeñada en llevarlos conmigo. Los llevo en la bolsa en la que mi hermana
porta los vestidos nuevos para revestirnos.
Entramos en esta tienda, no queda
prácticamente nada. Los cristales rotos de las vitrinas recuerdan que la noche
fue violenta, que hubo un saqueó desmesurado.
Mi madre nos lleva en hombros. Verónica encima de ella, y yo sobre los
hombros de mi hermana. Mi padre y mi hermana mayor, Sandra, están buscando por
todos lados el lugar para darnos el baño. Al entrar yo tengo que doblar el
cuerpo para esquivar los bordes filosos de cristales. La escena es aún más
decadente, hay algunos personajes que están aun esperando algo frente a un
ordenador. Parecen zombis, pero insisto en que no hay infección, aún tienen un
dejo de voluntad frente al monitor. Están esperando alguna señal que les sea
revelada por la pantalla. Esperan agotados pero ansiosos.
Seguimos buscando los baños, no hay
manera, todo esta calcinado, todo está destruido, es un paisaje que me gusta
pero me siento culpable. Es totalmente decadente: paredes que revelan algo de
color y vida que en otro momento tuvieron los tapices, negreadas por el humo y
el fuego, no queda nada en la habitación mas que desolación y oscuridad. Da
miedo entrar, pero a estas alturas, ante el fin del mundo ya nada puede dar mas
miedo, ni la certeza de que moriremos en pocas horas.
- Aquí
no hay nada, no hay agua y por tanto nadie puede bañarse. Se lo han cargado
todo- afirma mi padre- así que vámonos.
Salimos de ahí, yo aún trepada en los
hombros de mi hermana y ella en los de mi madre. Vigilo al salir de no dañarme
con los borde filosos de lo que alguna vez fue una puerta. Al bajarme de los hombros de mi hermana se me
cae la cajita con todos los pequeños tesoros que vuelan por todo el lugar.
Quiero llorar, ya no importa levantarlos, ¿para qué? Veo los aretes de oro que
mi padre me regaló que nunca usé, el collar de plata con el guardapelo que aún
conserva la foto por un lado de Ángel y de otro lado la mía, la pulsera que Cora me dio con la figura
en plata de un personaje, veo las notas que me ha escrito Marc, todo esparcido
por el suelo… nada de esto vale, ya nada sirve, ya no le encuentro sentido
esforzarme en un tiempo record por levantarlo. Ahora debemos ganar tiempo para
el baño de revestimiento. Con tristeza
me levanto, tomo un arete y lo dejo caer dentro de la bolsa de los vestidos.
Seguimos buscando dónde poder ducharnos.
Llegamos donde hay un grupo de gente que se prepara. El escenario es terrible y
desolador, más de tres cuartos de la población está muerta. Los cadáveres ya no
impactan, a pesar de que están tirados por todos lados. Todos estamos
condenados. Se hacen invisibles, esos cuerpos ya no importan. No recuerdo qué
les mató. No fue un virus. Fue algo mayor, fue una fuerza mayor.
En este lugar hay varias personas
revistiéndose, alistándose para morir. Aquí sí podemos ya ducharnos. Me saca
una sonrisa pensar que usaré el vestido blanco de bolitas negras que compramos
en Londres. Recuerdo ese día, parece una época dorada. Fui con Marc a Camden,
él me animó a comprar ese vestido, yo le dije que parecía niña que haría la
primera comunión. Él se rió muchísimo. Nunca usé ese vestido porque el verano
nunca se fue de Barcelona. Ahora con un sentimiento de nostalgia y tristeza lo
usaré para morir.
Estamos con el tiempo justo. Nadie sabe
cómo será el fin del mundo, pero sabemos que esta llegando, falta poco tiempo.
Mi hermana mayor se ha quedado con un amigo que encontró por el camino, él nos
dijo de este lugar para ducharnos y revestirnos. Ella decidió quedarse con él.
Nos echó una mirada que decía – me quedo con él, me va a necesitar… Y a la vez
fue una mirada de despedida. Quizá no la veamos más.
Al escuchar a la gente hablar sobre lo
que sucedió no doy crédito. Los humanos comenzaron a matarse entre unos y
otros. No fue un virus, no fue una guerra entre buenos y malos, solo fue que
llegaron al límite de su ceguera, de su ambición, de sus miedos. La calle es un
desastre, pareciera que animales salvajes… enormes animales salvajes hubieran
matado a los humanos, sangre por todo el pavimento, por las paredes, carne
despedazada por rincones y esquinas… esto parecía una fuerza superior… quienes
vieron saben que fueron los humanos, esas hordas enfurecidas que se mataron
entre ellos.
Estoy lista para morir, siempre supe que
así sería. La ducha y alistarme para morir con tal dignidad me hace sentir un
poco de desahogo. Me siento abochornada, como una virgen que será ofrecida,
como cuando mis antepasados guerreros mexicanos se ofrendaban en muerte para
agradar a los dioses y hacer algo por todos los demás. Comienza a suceder, las
estrellas caen del cielo, parece que estuviera nevando, pero son como pequeños
fragmentos de fuego que caen, es tan hermoso, como en mis sueños desde que era
niña, me parece tan familiar que ya no siento miedo. Estoy lista, el vestido
blanco en verdad parece de primera comunión, supongo que se verá lindo, veo a
mis padres por última vez, a mi hermana, ya no hay tiempo para un abrazo, ni
para un beso, simplemente sucede…
0 comentarios:
Post a Comment